APEGO DESORGANIZADO EN EN LOS VÍNCULOS
La teoría del apego, el ser humano desarrolla modelos internos de trabajo a partir de la relación temprana con su figura cuidadora, que guían la regulación emocional, la percepción del otro, y la percepción de sí mismo en la relación.
Según la perspectiva psicodinámica de la teoría del apego, las figuras parentales, es decir, ya sean figuras de cuidado materno o paterno, deberían ser una fuente de seguridad emocional, física y cognitiva para el(la) niño(a).
MODELOS DE TRABAJO INTERNO
En el apego desorganizado se configuran modelos internos de trabajo que configuran cómo se conduce una persona en un vínculo afectivo:
El otro que debería cuidarme es peligroso
Mis emociones no pueden ser reguladas en relación
La cercanía es impredecible
Estos modelos quedan codificados a nivel corporal, emocional y cognitivo.
Desde la teoría del apego, la regulación emocional se aprende en la relación con un otro. El apego seguro permite corregulación, mientras que el apego desorganizado genera:
Hiperactivación vivida como alarma y sensaciones de pánico
Desactivación (disociación, bloqueo)
Dificultad para usar al otro como base segura
Desde una lectura integrativa apego–psicodinámica, la desorganización puede expresarse como intelectualización y pseudomadurez: “pensar me protege frente a estados afectivos que no comprendo y no encuentro cómo encajarlos”.
Con el tiempo, esta solución se adapta, pero hace difícil la integración entre emoción, cuerpo y espontaneidad.
En el apego desorganizado, el(la) cuidador(a) también es una fuente de miedo. Esto provoca una desorganización de la estrategia de búsqueda de proximidad y regulación. La capacidad para regularse con el cuidador está afectada de modo que sostener y tolerar la cercanía y la distancia con otras figuras de apego será confuso. El niño(a) queda sin un patrón estable de seguridad emocional.
El(la) niño(a) vive el vínculo como impredecible, donde las ideas, el intelecto y la cognición son las que guian la comprensión de su mundo interno. La aparición de angustias corporales (sexuales y agresivas) generan angustia que no son comprendidas por el intelecto de un(a) niño(a) dando lugar a que se organicen defensas meramente cognitivas (que son propias de lo simbólico; he ahí el origen de la intelectualización).
El(la) niño(a) necesita de un cuidador para sobrevivir, debido a la relación de dependencia entre el niño(a) y el cuidador en la infancia, pero si ese cuidador es impredecible, temible o emocionalmente inestable, la co-regulación falla.
“El adulto materno, tenso o, deprimido no podrá acompañar al bebé a espacios relajados y felices”.
Más allá de la capacidad del(a) niño(a) para leer las señales sociales, se debe a que las señales entre ambos no fueron leídas por el cuidador. La dificultad del niño para leer las señales se debe en parte a la distracción del adulto a cargo por estar distraído y/o estresado.
Esto lleva a que se activan funciones cognitivas que resultan adaptativas pero producen una incongruencia evolutiva donde se forma prematuramente un funcionamiento pseudo-maduro marcado por la hipervigilancia, el hipercontrol y la parentificación del vínculo entre el niño(a) y su cuidador, dejando atrás un sistema infantil no regulado.
La expresión espontánea de lo que se busca hacer puede generar rechazo, puede activar miedo en el cuidador y puede poner en riesgo el vínculo.
Como resultado, el(la) niño(a) aprende que (a) sentir es peligroso y (b) pensar me protege.
Se intelectualiza, moraliza o se vive con culpa, el cuerpo queda escindido de la mente.
Ante esta imposibilidad, el(la) niño(a) no puede regularse a través del vínculo, por lo que recurre a una estrategia cognitiva compensatoria: pensar lo que no puede sentir. Admitir necesidad implicaría desestabilizar al cuidador y perder el vínculo; por eso se sustituye por control y autosuficiencia.
Intelectualización defensiva + control y comprensión precoz de sus impulsos
Esto funciona como defensa frente al miedo presente en el vínculo con el cuidador, lo cual es una estrategia de autorregulación en un intento de mantener la relación.
Pero a largo plazo genera:
Rigidez emocional
Dificultad para el juego simbólico
Dificultad en la regulación del deseo y la agresividad
El(la) niño(a) intenta tapar la falta (propia y del Otro) con comprensión, control y funcionamiento adulto. Donde el pensamiento es el ámbito en el cual busca refugio ante una activación que no encuentra un límite relacional seguro.
Dicho de otro modo, cuando la agresividad o la sexualidad aparecen, se vive como algo peligroso o incorrecto. En lugar de poder sentirse con naturalidad, se fuerza el control con la mente: se explican y/o se justifican.
Pensar se vuelve una forma de protección frente a sensaciones intensas que no encontraron, en su momento, un vínculo seguro que ayuda a poner límite y darles sentido. Por eso, incluso en vínculos seguros, el cuerpo reacciona antes que la mente.
Desde enfoques contemporáneos (Teoría de Apego y Mentalización, Neurobiología Interpersonal, Psicoanálisis Relacional e Intersubjetivo, Enfoque Somático del Trauma), el apego desorganizado se asocia a experiencias traumáticas y a cuidadores no disponibles emocionalmente y/o físicamente. Este no se trabaja solo con narrativa, sino con memoria implícita, prácticas somáticas, y experiencias emocionales que sanan.
Dentro de las causas principales se encuentran:
Las conductas maternas impredecibles como el cuidado y el rechazo alternados sin coherencia
Las expresiones de miedo hacia el hijo mediante gestos, tonos o miradas que comunican amenaza
La negligencia emocional o disociación, presencia física sin disponibilidad afectiva
La inversión de roles, también denominada parentificación, el(la) niño(a) regula a la madre en lugar de ser ella quien lidera el proceso de co-regulación.
PARENTIFICACIÓN en el vínculo parental
Este fenómeno es nocivo para la salud psíquica de un(a) niño(a) debido a la disociación emocional y física que debe suceder para que el(la) niño(a) pueda albergar la carga emocional, física y cognitiva de sus figuras de cuidado.
De manera contraria, cuando sí se presentan oportunidades para establecer un apego seguro con otra figura afectiva, la espontaneidad activa alarma; el deseo se vive con control excesivo o disociación. Y aparece dificultad para tolerar dependencia, integrar cuerpo, emoción y pensamiento.
Si bien reparar esta racionalización es posible, es también de vital importancia construir seguridad relacional, devolverle al cuerpo la experiencia emocional y permitir que la vitalidad innata, y en muchos, suprimida; emerja sin amenaza.
Este(a) niño(a) pasará a ser una persona que razona lo que debería sentirse.
Esto tiene efectos en la regulación emocional en tanto las relaciones presentes como las futuras en las cuales:
La cercanía se experimenta como angustia y la intimidad despierta ansiedad o alarma.
Dificultad para calmarse con el otro donde el apoyo externo no resulta suficiente.
Oscilación emocional intensa: hiperactivación vivida mediante ira o pánico que retroalimenta ciclos de desconexión emocional.
Desconfianza en el propio cuerpo: seguridad cognitiva, pero inseguridad corporal.
Construcción lenta de seguridad: requiere constancia, coherencia y repetición.
El apego desorganizado no es un trastorno, es una adaptación neurobiológica a cuidadores demasiado estresados.
Una madre ansiosa o un padre ansioso pueden reaccionar con alarma cuando el niño(a) interrumpe el contacto físico y/o afectivo; puede incitarlo(a) para atraerlo(a) de nuevo a la interacción. Con ello, no permite que el sistema nervioso del niño(a) “se enfríe”, se relaje, es decir, vuelva a un estado de homeostasis, para que la relación de sintonía no se vea obstaculizada.
Los motivos y estresores de un cuidador o cuidadores son varios y diversos, pero para que el(la) niño(a) pueda tener el contacto de sintonización que necesita . De otro modo, crecerán con una tendencia crónica a sentirse solos(as) con sus emociones, a tener la sensación, con o sin razón, de que están solos(as) con ellas y que estas “no pueden ser comprendidas”.
La regulación emocional puede reorganizarse a través de vínculos seguros y experiencias reparadoras, pero en casos de negligencia parental y parentificación, el(la) cuidador(a) quien atestigua la intelectualización y la adultificación del(a) niño(a), no será el vehículo más próximo para la formación de una base segura que sirva para su capacidad de entablar una relación de seguridad con sus propias emociones, afectos, cogniciones y futura capacidad de abstracción. Lo cual perjudica, socava y debilita la capacidad para establecer vínculos seguros y significativos en la infancia.
Se requiere de mucho más que unas explicaciones para que el (la) niño(a) tenga reguladores externos y traductores emocionales que sirven como bases seguras debido a la negligencia emocional experimentada.